ROSARIO DE LA FRONTERA. (De nuestra enviada especial) La pelota oscila de arco a arco. Los alumnos de la Escuela de Comercio de Nuestra Señora del Rosario juegan al fútbol como si les fuese la vida en ello. De vez en cuando, un tiro desacertado interrumpe a María Eugenia Varela, profesora de Orientación y Tutoría. "¡Perdón, profe!", gritan de inmediato los aprendices de "Messi", que, desde luego, parecen ajenos al fenómeno de los suicidios de adolescentes que ha llevado a la prensa (local y nacional) hasta su escuela. "Cocó", como todos la conocen en su pueblo, considera que la desgraciada muerte de cuatro chicos rosarinos en dos meses responde a un malestar general con una pata económica y otra cultural.
"Tenemos un gran problema: nos faltan fuentes genuinas de trabajo. La raíz es esa. El desempleo acarrea índices altos de alcoholismo y violencia familiar", analiza. Además, confirma un dato que está a la vista en la calles, donde algunas mansiones se destacan entre la multitud de hogares humildes: "en Rosario hay una enorme desigualdad. Casi no tenemos clase media y la poca que existe está bastante deteriorada".
Las generaciones jóvenes tienen pocas oportunidades. Varela apostilla que ni siquiera disponen de opciones para el tiempo libre y que esa carencia alienta el uso de internet. El último cine de Rosario de la Frontera desapareció hace tiempo, el teatro se convirtió en el templo de un culto evangélico, y la cancha de golf sirve sólo a la minoría que puede costear ese deporte. "Paradójicamente, tenemos un museo de arte dedicado a Benito Quinquela Martín que muy pocos visitan y conocen", apunta con cierta tristeza.
Un arquero ataja el disparo de su compañero como si fuese Sergio Romero. Varela ni se inmuta. Afirma que los extremos de la comunidad se manifiestan en la Escuela de Comercio: "aquí hay de todo. En un sólo curso tengo a un chico que cometió diez robos, nenas abusadas sexualmente, un chiquito adicto...".
Dramas inmensos que ningún gabinete psicopedagógico canaliza (porque la escuela no tiene recursos). "Me duele en el alma. Nosotros no podemos hacer mucho para paliar la soledad de los alumnos que son presas fáciles de cualquier juego estúpido", reconoce llorando. Y en ese instante, un nuevo pelotazo indiferente corta el desahogo.